jueves, 27 de enero de 2011

EL CUENTO DE UN BRUJO/A QUE SE DEJÓ ENGAÑAR POR AQUELLO DE QUE EL TAMAÑO NO IMPORTA

Érase que se era erase una malévola bruja (algunos creen que era un brujo, pues, como siempre actuaba en la oscuridad, nadie podía asegurar categóricamente que fuese una cosa u otra… ni siquiera otra), que ansiosa, como se hallaba, por recuperar el poder que presumía haber tenido en el pasado, antes del éxodo gatuno, cuando sus fieles felinos no se habían desparramado por doquier, optó por hechizar a sus fervientes de una manera muy mesmeriana, para que viesen por sus ojos y pensasen por la parte de abajo.

A tal punto perdieron su norte, que diríase se habían metamorfoseado en una paloma albertiana; a tal punto perdieron su norte, que obraban los unos como los otros y los otros como los unos… y hasta como los hunos; a tal punto perdieron su norte, que… ¿para qué decir más, estaban desnortados.

Para entretener a sus súbditos, el tiempo que le viniese bien a sus cábalas, la taimada bruja(¿o?) tuvo a bien sacarles las entrañas y sesos, y pasándolas por un tubo, para igualar calibres –cosa que, a fe, consiguió-, se dedicó en cuerpo y alma penelopiana a trenzarlas para darles mayor consistencia. Lo consiguió, aunque no reparase que, tanto trenzar y trenzar, cada vez la solidez era mayor, sí, pero el tamaño decrecía. Total, que cuando quiso alcanzar el piélago que daba a la ventana del castillo de la princesa, por donde quería alcanzar los infinitos rompimientos de cielo que allí se producían, lo que pasó es que por la cortedad de la cuerda conseguida, se vino a dar otra leche fenomenal, sin que pudiese llegar a conseguir su cometido, al tiempo que dejaba a sus fieles destripaos para siempre, ya que descerebraos, lo que se dice descerebraos, ya lo estaban desde antes.

Y colorín colorado, este cuento sigue.

Moraleja: Esconde la mano, que viene la vieja… o, no hay dos sin tres, ay.

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